El tráfico mercantil entre los encargados de establecer la culpa penal y los encargados de fabricar la mala reputación es una de las mayores indecencias de las sociedades contemporáneas. Los periodistas acceden a jugar el papel de jueces prematuros en el escenario público a cambio de recibir las noticias en exclusiva que les permiten vender más ejemplares o alcanzar mayores audiencias. Y los fiscales y policías filtran sus sospechas todavía sin pruebas suficientes para desencadenar los mecanismos inquisitoriales de la culpa y de la confesión.
Los campos de batalla forman parte de la Historia. Quizá sean una parte que no nos gusta, pero eso no nos autoriza a pasarla por alto y mucho menos a olvidarla. El país que olvida su Historia está, en el mejor de los casos, indefenso ante los manipuladores que buscan sustentar sus propios puntos de vista en una versión de la Historia manufacturada para la ocasión. En el peor de los casos, corre el riesgo de repetirla. Por eso me fastidia que en un país donde la llamada Ley de Memoria Histórica es una cuestión de actualidad, abandonemos monumentos vivos a la Memoria, como son los campos de batalla, y nos centremos en polémicas estériles que tienen más que ver con nuestras propias ideologías políticas que con la España de nuestros abuelos.
Hace un par de fines de semana, Dorami y yo con un par de amigos nos acercamos a Morata de Tajuña a visitar la zona en la que tuvo lugar la batalla del Jarama, en la que aun quedan multitud de restos de las antiguas fortificaciones que se erigieron durante y después de la batalla. La batalla del Jarama, además del interés particular que tiene para mí, ya que uno de mis abuelos luchó en ella, tiene una importancia fundamental en la Guerra Civil Española. Esta batalla marca un punto de inflexión en la forma de entender la Guerra Civil de ambos contendientes: hasta entonces en ambos bandos predominaba la idea de una guerra corta, que terminaría antes de finales de 1937; a partir de ella, se adivina en el horizonte una conflagración larga, dura y sangrienta. En el aspecto militar, el Jarama representó el primer banco de pruebas en el que se emplearon muchas de las armas y tácticas que se utilizarán en la II Guerra Mundial: las granadas de piña, los ataques de fuerzas acorazadas en masa, los combates de aviación… Por último, en el aspecto humano, la batalla del Jarama representa una visión reducida de lo que será la siguiente Guerra Mundial: hombres de cincuenta y cuatro nacionalidades se batirán en los campos del sur de Madrid.
Esta batalla se produce tras el fracaso del ejército nacional al intentar tomar Madrid mediante un ataque frontal. La estrategia franquista cambia, a partir de entonces se va a intentar completar el cerco de la capital cortando todos sus accesos. Para ello la carretera de Valencia era fundamental, ya que se trataba de la principal arteria que unía Madrid con la ciudad levantina, en la que por aquel entonces estaba instalado el gobierno republicano, y era el acceso más importante para los transportes que abastecían la a la considerable población, entre combatientes y civiles, que abarrotaba la capital.
El plan franquista consistía en un movimiento envolvente dirigido hacia Alcalá de Henares que cortaría la carretera de Valencia a la altura del pueblo de Rivas y el puente de Arganda. Las tropas nacionales serían dirigidas por el general Varela, militar de ideología carlista, poseedor de dos Cruces Laureadas de San Fernando y considerado uno de los generales más capaces del Ejército Español. El ataque tuvo que retrasarse varios días, hasta el 6 de febrero, debido a las fuertes lluvias, lo que provocó que el campo de batalla quedara cubierto de una espesa capa de barro. El primer ataque desbordó completamente las defensas republicanas; los sublevados, encabezados por la caballería y las tropas moras cruzaron el Jarama por los escasos puentes disponibles. Pero finalmente el ataque fue contenido en el altiplano que separa los valles del Jarama y el Tajuña por tropas republicanas que estaban preparadas para una abortada operación sobre Brunete. Allí la ofensiva se empantanó en un sangriento intercambio de ataques y contraataques. A finales de febrero, la batalla terminó por el agotamiento de ambos contendientes que, debido a la fiereza de los combates, carecían ya de reservas para explotar una posible ruptura del frente. La batalla había durado tres semanas y había provocado unas 16.000 bajas entre ambos bandos. Tras la batalla ambos bandos se dispusieron a fortificar el frente, que permaneció estable hasta el final de la Guerra.
Podría decirse que la batalla del Jarama acabó en empate, aunque los dos bandos reivindicaron la victoria. Los franquistas tomaron posiciones en la otra orilla del Jarama, desde las cuales tenían la carretera de Valencia a tiro de la artillería, lo que obligó a desviar el tráfico en algunos tramos. Los republicanos, por otra parte, impidieron que los nacionales alcanzaran sus objetivos, siendo esta la primera ocasión en el que el recién creado Ejército Popular es capaz de detener una ofensiva del Ejército de África, hasta entonces irresistible en campo abierto.
Al llegar a la zona de la batalla aparcamos cerca del antiguo monumento a las Brigadas Internacionales, que fue dinamitado por las tropas franquistas, y recorrimos andando la Cañada Galiana hacia el sur, para ver algunas fortificaciones frente al Pingarrón y la Colina del Suicidio, donde tuvieron lugar los combates más sangrientos de la batalla. Parece mentira, al ver esas elevaciones del terreno que apenas merecen el nombre de colina, las terribles sangrías que se produjeron en sus laderas. Claro, que una cosa es pasear un domingo de otoño acompañado por la brisa mañanera y otra avanzar a través de un infierno de barro y niebla hacia un tabor de regulares convenientemente reforzado por unas cuantas ametralladoras. En esta zona combatió la unidad de mi abuelo, la 66ª Brigada Mixta, que tuvo un índice de bajas de más del 50%. Después visitamos un monumento de Martín Chirino a los brigadistas internacionales y, alrededor suyo, los restos de las trincheras que defendían Morata y el valle del Tajuña, realizadas por el ejército republicano durante los meses posteriores a la batalla.
Tras la visita fuimos a comer a Morata de Tajuña, al Mesón El Cid, donde tienen un pequeño museo de la batalla. En él hay recogidas multitud de fotos sobre el conflicto, así como cascos, munición, armas e incluso varias cartas manuscritas de los participantes. Antes de la visita al museo, ya habíamos comido y he de decir que muy bien. Pedimos unos entrantes muy ricos y de segundo todos coincidimos en el cordero asado, que resulta ser especialidad de la casa. Con razón porque es uno de los mejores corderos asados que he probado en mucho tiempo. Cerramos la comida con diversas tartas caseras que aportaron un toque dulce a una jornada que había transcurrido en lugares de amarga memoria.
Si tenéis interés por visitar la zona hay varias asociaciones que se dedican al tema de la localización y restauración de los restos de la Guerra Civil en Madrid y sus alrededores; alguna de ellas también realiza visitas guiadas. Esa es otra de las utilidades que yo veo a los campos de batalla: con una adecuada promoción pueden convertirse en un polo de atracción turística en zonas que carecen de atractivos turísticos más tradicionales. Un ejemplo de esto son los campos de batalla de Waterloo y las Ardenas, situados en Bélgica y convenientemente explotados por el Turismo Belga. Aquí os dejo también la página web de una asociación que se dedica a la localización y divulgación de los restos de la batalla del Jarama donde podéis encontrar un folleto con rutas por la zona.
Hace un par de fines de semana mi chati y yo nos fuimos al Balneario de Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real). Fue mi regalo de cumpleaños y fue un acierto. Llegamos el sábado sobre las 12. Y tras registrarnos en la recepción, nos fuimos al pueblo más cercano (a unos 5 kilómetros más o menos): Santa Cruz de Mudela, donde Jajaja se compró un bañador en la única tienda de deportes del pueblo y nos tomamos un aperitivo con vino de la zona.
De regreso, comimos en el restaurante del hotel, que, por cierto, está muy bien. Tienen un menú que, sin ser muy variado, sí tiene un nivel de calidad muy aceptable. Y tras la siesta, vino lo mejor: “el circuito relax”. Durante una hora, estás en la piscina y vas probando los diferentes “chorros”. Como no meten a demasiada gente en cada turno, no suele haber problemas para ir pasando por todas las “variedades de chorro”. Y tras el bañito, vino el masaje: media hora de “frotaciones” con diferentes esencias por todo el cuerpo. Por cierto, a la mañana siguiente volvimos a repetir en la piscina.
Y limpios, relajados y arrugaditos, a media mañana dejamos el hotel para irnos dirección a otro pueblo del que nos había dado muy buenas referencias: Viso del Marqués. Esta pequeña población, situada también en Ciudad Real, respondió a nuestras expectativas. Especialmente, su magnífico palacio renacentista, perteneciente a los Marqueses de Santa Cruz, aunque desde hace algunos años se alquila a la Marina Española por un billete antiguo de una peseta al año. Se puede visitar a ciertas horas con guía y totalmente gratis.
Entre chorros y palacios, llegó el momento de llenar la alforja. Para tal menester, nos dirigimos a Valdepeñas. Por cierto, por las poquitas veces que he estado en esta población deduzco que los lugareños se pasan el día en la calle catando, como no podía ser de otra manera, sus exquisitos caldos. Nos hubiera encantado hacer lo propio, pero había que conducir de vuelta a casa. Bueno, para hacer honor a la verdad, he de decir, que nos pedimos una botella de medio litro para comer. Escogimos totalmente al azar un restaurante: La Venta del Comendador. ¡Y qué buena jugada del destino! La relación calidad precio nos dejó muy satisfechos.
Ya de vuelta a casa, de copilota y compartiendo mis reflexiones con Dionisio, llegué a la conclusión de que yo tenía que haber sido rica.
Finalmente, el viernes, sucedió lo que todos sabíamos que iba a suceder: el COI siguió fiel a su criterio de la rotación de continentes y Madrid se quedó si los tan ansiados Juegos Olímpicos del 2016. Y digo yo: ¿Si todos sabíamos que iba a pasar algo así para que se ha producido el dispendio de fondos públicos que ha representado la promoción de la candidatura madrileña?
Pero, en lugar de unirme a la COPE, El Mundo y otras gentes de orden pidiendo la cabeza de Gallardón, seré más constructivo y propondré un nuevo reto olímpico que reemplace la quemada candidatura de Madrid: San Antón 2020. Este simpático barrio toledano de seguro que conseguirá la adhesión de todas las regiones y nacionalidades que forman el Estado Español. Su candidatura sin duda sorprenderá a los miembros del COI, pero estos no tendrán más que admitir que los tiempos de las ciudades, como los de los estados-nación han pasado. ¡Es la hora de los barrios!
Gracias a la fiebre urbanística que siempre acompaña a eso de las Olimpiadas, se terminará de una puñetera vez la obra del Paseo de San Eugenio (¡dos meses!, dos meses para picar una calle y volver a dejarla prácticamente como estaba). También finalizarán las obras de la pista de atletismo en el Parque de las Tres Culturas, un estadio donde el deporte se vive intensamente, donde la pista y las gradas están íntimamente unidas, tanto es así que desde la primera grada se le puede dar una colleja al atleta que corre por la calle de fuera.
Y es que si hay un lugar en España donde el espíritu deportivo se respira por doquier, ese es San Antón. El barrio de Julio Rey, un barrio donde vivimos Dorami y yo, que vamos a bailes de salón y tenemos la Wii, donde viven también al Monstruo y su partenaire, que son verdaderos atletas sexuales, o la vecina cotilla y su hermano, que son unos especialistas en vallas (han afanado dos de la obra con las que se pasan todo el día arriba y abajo, intentando que no aparque en nuestra calle nadie que no viva en ella). Y eso por no hablar de los alumnos del instituto de enfrente, que se saltan las clases con una soltura que ya hubiese querido Sergei Bubka en sus años jóvenes.
Se trata de una apuesta arriesgada, pero en mi opinión es un reto apasionante. El Comité Olímpico Internacional no puede dejar sin recompensa la ilusión de todos los vecinos y vecinas de San Antón por organizar unas Olimpiadas. Y si finalmente no se consiguen los Juegos, no importa, al fin y al cabo nos habremos pasado cuatro años de viajes por todo el Globo y de cuchipandas con la excusa de agasajar a los miembros del COI, todo ello a costa del sufrido contribuyente. Ya está bien de que solo se beneficien los de siempre, los demás también queremos chupar del bote.
Por ello, imbuidos del Espíritu Olímpico, cantemos todos juntos el himno de las Olimpiadas en honor a la nueva candidatura:
OLIMPIADA CON BAYETA, OLIMPIADA CON ESTROPAJO, RELUCIRÁ SU CAZUELA CON DETERGENTE CASCAJO.
Me he enterado a través del blog Microsiervos que hoy, 9 de septiembre de 2009, es el Día Sin Gatos en Internet. No tengo ni idea de a quién se le ha ocurrido (aunque sospechamos de Suntzu) ni por qué. Pero desde "Gatos en Carnaval" queremos mostrar nuestra más absoluta repulsa por esta proscripción de los felinos de la red de redes. Por ello, vamos a boicotearla y os invitamos a todos vosotros, amigos de "Gatos en Carnaval", a uniros. ¡Luchemos por un Internet libre, también para los gatos!
En primer lugar os vamos a ofrecer un vídeo de Doraemon, el gato cósmico, icono de este blog:
¿Os acordáis de McCain, el republicano que perdió ante Obama las pasadas presidenciales de EE.UU.? En su primera aparición televisiva tras la derrota electoral, le preguntaron qué tal lo llevaba. Esta fue su respuesta:
He estado durmiendo como un bebé: duermo dos horas, me despierto y lloro, duermo dos horas, me despierto y lloro…
¿Os imagináis algún político español con el suficiente sentido del humor para pronunciar estas palabras?
Poco después de la caída de Berlín en manos del Ejército Rojo, un grupo de soldados soviéticos entró en el bunker de Hitler. Allí encontraron el cadáver del Führer y, llevados por la ira, al encontrarse con el causante de tantas desgracias para su país, desnudaron el cuerpo y lo golpearon. Uno de los soldados, Vasiliy Zudropov, decidió llevarse como souvenir la cabeza del dictador alemán, pero, finalmente, optó por otra parte del cuerpo que podía transportarse de forma más cómoda y discreta: el pene. Así que Vasiliy volvió a Rusia con su extravagante trofeo en el bolsillo...
Esto, que podría parecer el comienzo de una película de serie B, es real, o al menos eso asegura Ivan Zudropov, el hijo de Vasiliy. En noviembre de 2003 este individuo puso en venta el citado apéndice por 18.000 dólares, admitiendo que se le realizasen pruebas de ADN para verificar su autenticidad. Aun así, el testimonio de Iván resulta difícil de creer, ya que es poco probable que, dada la importancia que daba Stalin a la localización del cadáver de Hitler, alguno de sus soldados se hubiera atrevido a mutilarlo. De todas formas, nunca se ha demostrado la falsedad de la historia, ni la del curioso souvenir...
He introducido esta breve historia al comienzo de mi artículo por su relación con el título y, por qué no admitirlo, a causa de que no hay mucho que decir sobre la película del mismo nombre. “Ellos robaron la picha de Hitler”, segunda película de Pedro Temboury, es un tostoncete absolutamente prescindible. El argumento es el siguiente: En unas excavaciones en Berlín descubren el pene de Hitler conservado en un frasco. Un científico nazi refugiado en la Costa del Sol envía a un grupo de descerebrados neonazis a robarlo, con el fin de utilizarlo para clonar a un nuevo Führer. Los neonazis tendrán que competir con un grupo de feministas radicales que coleccionan penes de hombres famosos y que también quieren hacerse con la reliquia.
El argumento, como podéis ver, es de traca y la película está hecha con cuatro duros y se nota, tiene todo un aire de lo más cutre. Pero, quizá, con algo de imaginación, del estúpido argumento y del cutrerío podría haberse sacado una película divertida, como el anterior largometraje de su director, “Kárate a muerte en Torremolinos”. “Ellos robaron la picha de Hitler” es, en cambio, sosa y sin gracia. Los mejores chistes son uno de pedos, al comienzo, y otro burdamente plagiado del “Jovencito Frankenstein”. La tensión brilla por su ausencia y los único que te produce algo de incertidumbre son los bandazos que da el errático guión. Por otra parte, el elenco masculino, encabezado por Manuel Tallafé, realiza unas interpretaciones bastante mediocres. Del trabajo de las actrices, mejor no hablar, porque es evidente que han sido elegidas más por otras razones, como el tamaño de sus pectorales, que por sus habilidades interpretativas.
Si algún día queréis echaros unas risas con unos colegas viendo una película cutre, os recomiendo la citada “Kárate a muerte en Torremolinos” o una película que comentó ya hace tiempo Dorami, “Jesucristo, cazador de vampiros”, porque “Ellos robaron la picha de Hitler” solo puede ser considerada un divertimento admisible por alguien emporrado hasta prácticamente la inconsciencia.
De todas formas, por si sois de esta gente que quiere quedar entre sus conocidos como un individuo extraño, perturbado y, posiblemente, peligroso, y, por ello, os apetece ver algunas imágenes de esta película para luego poder comentarla, aquí os dejo el trailer:
No digáis que no os había advertido.
P.D.: Afortunadamente, en las últimas dos semanas he visto tres películas que me han reconciliado con el cine después de una temporada de sequía cinematográfica. La primera, esa joya de Pixar con nombre de bebida carbonatada: “Up” Después una seudo-comedia romántica española, “Pagafantas”, que, sin ser ninguna obra maestra, resulta muy divertida y te hace pasar un rato agradable. Por último “Desgracia”, basada en la novela del premio Nóbel J. M. Coetzee, libro que provocó que Dorami se fijase en mí por primera vez. La película, protagonizada por John Malkovitch, es muy buena, pero de muy mal rollo, la verdad.
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